Las terrazas se han convertido en uno de los grandes atractivos del verano en Madrid, y probablemente también en muchas otras ciudades. Tienen algo de democracia social: en ellas coinciden vecinos, turistas, ejecutivos, estudiantes y familias. Para que todos disfruten de la experiencia, existen códigos de comportamiento que rara vez aparecen escritos, pero que facilitan la convivencia y reflejan una buena educación.
Protocolo en las terrazas para disfrutar del verano
Una terraza no es una pasarela
Madrid cuenta con algunas de las terrazas más atractivas de Europa y es lógico que apetezca arreglarse para disfrutarlas. Sin embargo, existe una diferencia entre ir cuidado e ir vestido para una ocasión que aún no ha llegado. Un aperitivo de domingo, una comida de verano o una copa al atardecer admiten estilos muy distintos, pero todos tienen algo en común: la naturalidad suele ser más elegante que el exceso.

La elección de mesa
A veces nos empeñamos en conseguir la mejor mesa: la que tiene mejores vistas o la que nos hace estar más visibles. Sin embargo, las personas más educadas no suelen pedir de inmediato la mesa más codiciada si su tamaño no se ajusta al número de comensales. Elegir el espacio adecuado también es una forma de consideración hacia los demás clientes.
Reservar sillas para quienes aún no ha llegado
Relacionado con lo anterior, no resulta especialmente correcto ocupar varias sillas para personas que llegarán bastante más tarde. En terrazas con mucha demanda, retener espacio durante largos periodos puede perjudicar tanto al establecimiento como a otros clientes que esperan mesa.

El saludo a las personas conocidas
Una de las confusiones más habituales es pensar que todas las terrazas funcionan igual y no todas tienen el mismo código social.
Cuando llegamos a una terraza donde la mayoría de las personas están comiendo o cenando, si vemos a alguien conocido, lo más adecuado suele ser limitarse a un saludo discreto desde la distancia. Interrumpir una mesa para iniciar una conversación larga o acercar una silla rara vez es una buena idea. La comida tiene cierta intimidad, incluso cuando se desarrolla en un espacio público.
Sin embargo, las reglas cambian en una terraza de copas o un aperitivo más informal. En esos ambientes es habitual acercarse, intercambiar algunas palabras e incluso pasar de una mesa o un grupo a otro.

El volumen de la voz
El hecho de estar al aire libre no significa que debamos hablar más alto. En grupos numerosos es fácil elevar el tono sin darnos cuenta y, si además hay música, podemos terminar convirtiéndonos en la banda sonora involuntaria de las mesas vecinas.

El espacio de las sillas
En aceras estrechas conviene evitar que bolsos, chaquetas, mochilas o piernas invadan las zonas de paso. El espacio público debe permanecer libre para peatones, cochecitos infantiles y personas con movilidad reducida.
Llamar al camarero
A menudo queremos sentarnos en la terraza más demandada de la ciudad y ser atendidos de inmediato. Sin embargo, ambas cosas no siempre son compatibles. Cuando el servicio está saturado, gestos como chasquear los dedos, levantar la voz o insistir continuamente suelen generar el efecto contrario al deseado. Una mirada, una señal discreta o simplemente un poco de paciencia suelen funcionar mucho mejor.

A la hora de pagar
La primera regla es sencilla: quien invita, paga.
Cuando se trata de un grupo de amigos, lo más habitual es dividir la cuenta a partes iguales. Lo más práctico suele ser que una persona pague y que el resto le envíe su parte mediante Bizum o en efectivo, aunque cada vez más establecimientos permiten dividir directamente la cuenta.
Si hay diferencias importantes en lo que ha consumido cada persona, quien ha pedido más suele ofrecerse a aportar una cantidad mayor. Y quien ha consumido menos tampoco debería convertir la sobremesa en una auditoría de tickets. La elegancia, en estos casos, suele estar más cerca de la generosidad que de la calculadora.

Mascotas
Las mascotas son bienvenidas en muchas terrazas, pero conviene valorar si realmente van a estar cómodas y si su presencia permitirá que los demás disfruten también del espacio.
No todos los perros reaccionan igual ante el ruido, las aglomeraciones o la presencia de otros animales. Conocer el comportamiento de nuestra mascota y actuar en consecuencia también forma parte de la buena educación. Yo, por ejemplo, cuando salgo con Fit (mi Border Collie) no me siento en una terraza pequeña si hay más perros cerca porque lo normal es que les ladre para llamarles la atención.

La regla más importante
La buena educación en una terraza consiste en ocupar el espacio justo, vestir para la ocasión y facilitar que los demás también disfruten del momento.
Porque la mejor terraza no es la más bonita, sino aquella en la que todos están a gusto.
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