Que hoy en día se regala dinero en las bodas es una realidad.
Y aunque personalmente no sea algo que me entusiasme, no creo que ahí esté el problema.

A algunos nos sigue chocando, igual que seguramente a nuestros abuelos les chocó en su día descubrir que existían las listas de boda.
Al final, ambas cosas responden a una idea práctica: antes evitaban que una pareja recibiera veinte juegos de café; ahora muchas parejas ya viven juntas, tienen su casa montada y el dinero les resulta más útil. Y eso es perfectamente entendible.

El problema no es regalar dinero.

El problema es cuando deja de ser un regalo para convertirse en una obligación.

No se trata de no regalar dinero, se trata de no patrocinar la boda

Porque una cosa es dar dinero con el mismo criterio con el que harías cualquier otro regalo —según el cariño y tus posibilidades—y otra muy distinta es sentir que existe una cantidad mínima “correcta”.

Ahí es donde, para mí, cambia por completo el significado.

Regalar es dar algo a alguien

Regalar es dar algo a alguien sin esperar nada a cambio, como muestra de afecto o consideración.

Regalar es ofrecer algo sin esperar nada a cambio

Patrocinar, en cambio, implica apoyar o financiar una actividad.

Si el criterio para decidir cuánto das ya no es tu relación con los novios, sino cuánto cuesta el cubierto, entonces ya no estamos hablando de un regalo.

Cuando el invitado “debe cubrir el cubierto” —e incluso aportar “algo más”— para que a los novios «les quede algo» ya no hablamos de un gesto: hablamos de financiación.

Si pagas el cubierto en una boda no te están invitando

Y entonces aparece la contradicción: si para asistir tienes que “amortizar” tu presencia, ya no te están invitando; te están cobrando de una forma socialmente aceptada.

Una boda debería ser un acto de celebración compartida. Los novios invitan porque quieren compartir ese día contigo, no porque necesiten recuperar una inversión.

Un invitado no debería sentir que tiene que justificar su presencia con una cantidad concreta.

Porque al final, la cuestión no es cuánto se da.

Es en qué momento dejamos de invitar para empezar a esperar retorno.

Cuando un invitado siente que tiene que cubrir su sitio, la boda ha dejado de ser hospitalidad.

En una boda, eres invitado, no patrocinador.

En las bodas eres invitado no patrocinador